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POR EM 08/06/2011 ÀS 02:28 PM

Morre o escritor espanhol Jorge Semprún

publicado em

Jorge Semprún

O escritor Jorge Semprún morreu em Paris na terça-feira, 7, aos 87 anos. Grande prosador, Semprún sempre usou a memória para escrever sua literatura. Fez, por assim dizer, uma literatura testemunhal, por exemplo, sobre sua ligação com o mundo comunista e sobre sua prisão no campo de concentração alemão de Buchenwald. Sua literatura foi construída com o objetivo de iluminar a história, talvez de dizer aquilo que a história, com seus rigores acadêmicos, não tinha como dizer.

Numa entrevista publicada em 2000, segundo reporta Javier Rodríguez Marcos, do “El País”, Semprún disse: “Estão desaparecendo as testemunhas do extermínio [as vítimas do nazismo]. Bem, cada geração tem um crepúsculo dessas características. As testemunhas [e os testemunhos] desaparecem. Mas agora vai acontecer comigo. Há pessoas mais velhas que passaram pela experiência dos campos [de concentração e extermínio]. Porém nem todos são escritores, é claro. No crepúsculo a memória se torna mais tensa, mas também está mais sujeita a deformações. Logo, há algo... Você sabe o que é mais importante para alguém que passou por um campo? Você sabe o que é exatamente? Você sabe que isso, o que é mais importante e mais terrível, é a única coisa que não se pode explicar? É o odor de carne queimada. O que fazer com o cheiro de carne de queimada? Para registrar a circunstância existe a literatura. Mas como falar sobre isso? Comparando? A obscenidade da comparação? Dizer, por exemplo, que é como frango grelhado? [ou queimado] Ou intenta-se uma reconstrução minuciosa das circunstâncias gerais da memória, dando voltas em torno ao odor, voltas e mais voltas, sem encará-lo? Eu tenho dentro de minha cabeça, vivo, o cheiro mais importante de um campo de concentração. E não posso explica-lo. E esse odor vai embora comigo como foi com outros”.

Traduzi um trecho. Trata-se de uma tradução livre, e não muito precisa (fiel). Portanto, abaixo publico o texto integral da reportagem “Muere Jorge Semprún, una memoria del siglo XX”, de Javier Rodríguez Marcos, do “El País”, mais importante jornal espanhol. Transcrevo um obituário do “El Mundo”, sem tradução, e um texto de minha autoria sobre a história de que Semprún delatou a escritora Marguerite Duras.

Muere Jorge Semprún, una memoria del siglo XX

De niño del exilio a ministro de Cultura, el autor de 'La escritura o la vida' fue deportado al campo de concentración de Buchenwald y expulsado del partido comunista por disidente

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Do El País

Jorge Semprún ha muerto en París este martes, según han informado fuentes próximas a la familia. Tenía 87 años. Con él se pierde para siempre parte de los recuerdos del preso número 44.904, su matrícula en Buchenwald, el campo de concentración alemán en el que vivió deportado entre los 20 y los 22 años. Semprún construyó su obra literaria con los fragmentos de su propia memoria y en ella queda, pues, el recuerdo de los hechos y de los sentimientos de una vida marcada a fuego por todas las barbaries modernas.

Con él, sin embargo, desaparece un recuerdo que no cabe en los libros: el del olor a carne quemada. Lo dijo él mismo en 2000, en una entrevista. Lo que más le preocupaba del porvenir era esa precisa memoria: "Están desapareciendo los testigos del exterminio. Bueno, cada generación tiene un crepúsculo de esas características. Los testigos desaparecen. Pero ahora me está tocando vivirlo a mí. Aún hay más viejos que yo que han pasado por la experiencia de los campos. Pero no todos son escritores, claro. En el crepúsculo la memoria se hace más tensa, pero también está más sujeta a las deformaciones. Luego hay algo... ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros". Hoy esas palabras son más ciertas que nunca.

Una literatura de la memoria — "Tengo más recuerdos que si tuviera mil años". Las palabras de Baudelaire que Jorge Semprún utilizó en Adiós, luz de veranos... describen certeramente la vida de un hombre cuyas ocho décadas de existencia pueden rastrearse en su obra narrativa, que contiene ficciones como La montaña blanca, Netchaiev ha vuelto o Veinte años y un día pero que pasará a la historia por uno de los grandes ciclos autobiográficos de la literatura contemporánea.

Como la propia memoria, la obra memorialística de Semprún no funciona como una línea recta sino como una espiral: a veces los mismos episodios se cuentan en distintos libros con intención diversa. "Porque mi vida no es como un río", se lee en Aquel domingo, "sobre todo como un río siempre diferente, nunca el mismo, en el que no se puede bañar uno dos veces: mi vida es completamente lo ya visto, lo ya vivido, lo repetido, lo mismo hasta la saciedad, hasta convertirse en otro, extraño, a fuerza de ser idéntico".

Aun así, cabría reconstruir los momentos clave de la vida del escritor leyendo cronológicamente una serie de libros que no fueron escritos respetando ese orden: la adolescencia en el exilio de la Guerra Civil (Adiós, luz de veranos...), la resistencia antinazi y la experiencia de Buchenwald (El largo viaje, Viviré con su nombre, morirá con el mío, Aquel domingo y, sobre todo, La escritura o la vida), la expulsión del Partido Comunista de España (Autobiografía de Federico Sánchez) o el periodo como ministro de Cultura en la segunda legislatura de Felipe González (Federico Sánchez se despide de ustedes).

Nieto por parte de madre del político conservador Antonio Maura, presidente del Gobierno con Alfonso XIII, Jorge Semprún nació en Madrid el 10 de diciembre de 1923. Su madre murió antes de que él cumpliera ocho años y, con la Guerra Civil, todos los hermanos marcharon a La Haya para reunirse con su padre, embajador de la República en los Países Bajos. El futuro escritor comenzaba así un exilio que ha durado toda su vida. En 1939, con la guerra perdida, la familia se instaló en París, donde Jorge y su hermano Gonzalo estudiaron como internos en el exigente liceo Henri IV. En Adiós, luz de veranos... (1998), Semprún recordaría esos años en que, después de ser objeto de chanza en una panadería por su acento francés se conjuró para eliminar todo rastro extranjero en la pronunciación de la que terminaría siendo su lengua literaria fundamental.

Si el descubrimiento de Levinas le valió su primer premio extraordinario de filosofía, el compromiso político le hizo ingresar en el Partido Comunista de España en 1942. Un año más tarde fue detenido como miembro de la Resistencia antinazi, torturado y deportado al campo de concentración de Buchenwald. Allí se libró de la muerte probable que esperaba a los intelectuales cuando fue inscrito como estucador en lugar de como estudiante. Su conocimiento del alemán, una obsesión de su padre, le ayudó también a sobrellevar los dos años que pasó con el triángulo rojo y la S de Spanier (español) en el pecho.

El 11 de abril de 1945, dos soldados estadounidenses abrieron la cancela del campo, marcada con una sarcástica inscripción: "A cada uno lo que se merece". Pero con la liberación y los recuerdos de la experiencia concentracionaria llegaba también para Jorge Semprún un dilema: o escribir sobre el pasado (y lo pasado) o vivir el presente. Lo primero, diría luego, le hubiera llevado al suicidio de no haber mediado los años. Aunque ya en 1963 había volcado parte de su experiencia en El largo viaje, hubo que esperar a 1994 para que el narrador buceara hasta el fondo de aquella herida. El resultado fue un título hoy mítico: La escritura o la vida.

Mientras llegaba el momento de la catarsis, Semprún se volcó en la militancia comunista convertido en Federico Sánchez, su nombre en la clandestinidad de la España franquista. Pero el mundo se quebró para él por segunda vez en 1964. Ese año, junto a Fernando Claudín, fue expulsado del PCE por su discrepancia con la línea oficial de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Aquel episodio serviría como columna vertebral al libro que, escrito en español, le valió el premio Planeta de 1977: Autobiografía de Federico Sánchez.

Años más tarde, en Federico Sánchez se despide de ustedes (1993), el escritor se deshacía definitivamente de su alias en el relato que recogía su último paso por la política. Entre 1988 y 1991 había sido ministro de Cultura y aquel libro se convirtió en una pieza irrepetible, por infrecuente, de la literatura española: las memorias públicas de un miembro del Gobierno. Públicas y descarnadas. Con una altura literaria marca de la casa, Semprún narra sin tapujos sus desencuentros con el aparato del PSOE, encarnado en el vicepresidente Alfonso Guerra. Una crudeza que se convierte en ironía al contar algunos de los episodios que le tocó vivir, ya se tratase de las negociaciones con la baronesa Thyssen para acondicionar el palacio de Villahermosa o de una visita de la reina de Inglaterra al Museo del Prado.

Última visita al campo de concentración — Las memorias ministeriales de Jorge Semprún arrancan con una llamada de Javier Solana preguntando al escritor si conservaba el pasaporte español, condición sine qua non para formar parte del Gobierno. La respuesta fue afirmativa. Semprún, autor de guiones de cine para directores como Alain Resnais (La guerra ha terminado) o Costa Gavras (Z, La confesión), escribió la mayor parte de su obra en francés. Nunca perdió, sin embargo, la nacionalidad española. Si no escribir más en español le privó tal vez del Premio Cervantes, no abandonar la nacionalidad española le impidió ser admitido -no sin cierta polémica- en la Académie Française, aunque lo fuera en la Académie Goncourt. Ese fue su destino de escritor europeo, el mismo que le valió premios internacionales como el Formentor (1964), el de la Paz de los libreros alemanes (1994) o el Jerusalén (1996).

La Europa en que creía Jorge Semprún empezó a construirse, lo dijo él mismo, en la diversidad de los resistentes deportados a Buchenwald, la cara oscura de la Weimar de Goethe, a tan solo unos pasos. El 11 de abril de 2010, el escritor acudió allí por última vez para pronunciar un discurso. Se celebraba el 65º aniversario de la liberación del campo y días antes publicó en este diario un artículo en el que reconocía con lucidez extrema, pero con furia, que se acercaba al final: "Por última vez, pues, el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que tenga que decir".

Y lo dijo. Sobreponiéndose al quebranto de la enfermedad, Semprún acudió a Buchenwald y habló. Lo hizo en el Appelplatz del campo, el mismo lugar en el que se alternaba la voz -"gutural, malhumorada, agresiva"- del Rapportführer, que tronaba a diario, con el hilo musical que algunos domingos emitía por los altavoces las "sempiternas cancioncillas de amor" de Zarah Leander. Allí recordó a los niños judíos que, en 1945, fueron llevados desde Polonia a Weimar ante el avance del Ejército ruso. Entre ellos estaban Imre Kertész y Elie Wiesel, futuros premios Nobel.

A esa generación confiaba Semprún su testimonio. "Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento", dijo, "solo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del extermino. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte".

Con la desaparición de Jorge Semprún se pierde una memoria del siglo. El resto está en su obra. Imborrable. Esos libros, llenos de vida y de amor a la vida, bella o gris, están llenos también de lecturas que alguna vez sirvieron de refugio. Él, que elegía con cuidado cada una de sus citas, colocó hace 10 años una frase del actor y poeta Roland Dubillard al frente de Viviré con su nombre, morirá con el mío. Nueve palabras que dicen algo que suena a decisivo en la voz de un escritor de la memoria: "Estoy seguro de que mi muerte me recordará algo...".

OBITUARIO

Una vida en lucha

CARMEN SERNA
Do El Mundo

La hija de José Luis Sampedro coge el teléfono muy afectada. La muerte de Jorge Semprún le duele a su padre, pero también a ella, porque «cuando muere uno de ellos, quedan menos para contar lo que pasó». Para relatar el horror de quienes vivieron la represión dentro y fuera de España.

Jorge Semprún era uno de esos, «uno de ellos». Nació en una casa de la alta sociedad madrileña, desde donde podía haber sido lo que hubiera querido en la España del 10 de dicembre de 1923. Por sus venas corría sangre del ex presidente español Antonio Maura, su bisabuelo, y por su cabeza, las ideas republicanas de su padre, el intelectual José María Semprún.

Optó por su cabeza e hizo lo que quiso. A él también le pilló la guerra, pero fuera de España, estaba en La Haya porque su padre era embajador de la República allí y la familia entera se trasladó a París, un destierro que convirtió a la 'Ciudad de la Luz' en su otra piel. Allí aprendió todas las caras posibles de la palabra «libertad» (estudiando Filosofía en la Universidad de La Sorborna) y allí puso en práctica la lucha que significaba llegar a ese estado, combatiendo con la Resistencia francesa la ocupación de nazi. «Todavía hoy, si quedo a comer con unos amigos en un restaurante, llego antes y observo el entorno para comprobar que nadie me sigue (...), y claro, me muero de risa, pero son reflejos de esos años de vida clandestina», reconocía el propio Semprún en una de sus últimas entrevistas.

Le siguió pillando la guerra y en 1943 fue detenido, torturado por la Gestapo y deportado al campo de concentración alemán de Buchenwald. Un horror que se clavó no sólo en su vida sino también en su obra literaria y política.

Volvió a Francia tras su liberación como un héroe y empezó a trabajar para la Unesco. Pero la cabeza de Semprún se había convertido ya en su corazón y empezaba a conquistar su sangre... y Francia era poco para liberar. Así, en 1952, se cambio el nombre, por el de Federico Sánchez, cogió su pasaporte español, ése que no perdió nunca para no perder nunca su sentido, y comenzó su actividad en el Partido Comunista de España, al que se había afiliado diez años antes, llegando a formar parte del Comité Central en 1954 y del Comité Ejecutivo en 1956.

Su exquisita educación francesa, ese «charme» especial que tenía, mezclado con su fervor ideológico convertían a Samprún en una arma de captación y organización clave para la lucha contra el franquismo, en unos años de clandestinidad peligrosa. Diez años de trabajo al servicio del partido, que acabó expulsándolo en 1964, junto con Fernando Claudían por divergencias con la línea oficial.

Federico Sánchez había muerto. Pero Jorge Semprún quería seguir viviendo y seguir viviendo por y para sus ideas aunque ahora tuviera que cambiar la reuniones secretas por una máquina de escribir y cientos de folios en blanco. Consiguó en 1966 que el Gobierno de Franco le expidieran un pasaporte español con su nombre oficial y se centró en su carrera literaria, la mayoría escrita en francés. «Cuando fui expulsado del PCE, se vino abajo un proyecto de vida que había empezado en mi adolescencia y me había explicado siempre. La expulsión me produjo un sufrimiento moral insoportable para el que no había compensación posible (...) Tuve que reconstruir mi vida entera (...) Ese dejar de ser, ese no ser, provocó en mí un efecto mayor que la tortura física de la Gestapo», llegó a vaciarse al final de sus años.

En 1963, veía la luz su primera libro, 'El largo viaje', donde contaba sus años de clandestinidad. Literatura de catarsis que continuó 'Autobiografía de Federico Sánchez', en 1977 y en castellano; o 'Viviré con su nombre, morirá con el mío', en francés y publicada en 2001, donde se centra en sus años recluido en el campo de concentración.

España todavía tenía que llamar a sus puertas una vez más. Era el año 1988 y el entonces presidente del Gobierno español, Felipe González, le pidió que volviera a su país, que volviera a pelear por lo que tanto le había dolido. Sólo tenía que decir «sí» y tener el pasaporte español en vigencia. Semprún nunca lo había perdido, España nunca había dejado de ser su patria y durante tres años se convirtió en el ministro de Cultural del Ejecutivo socialista.

Pero en la España de aquella época, las trincheras se habían pasado al interior de los partidos y su política cultural estuvo marcada por un enfrentamiento constante con Alfonso Guerra, entonces vicepresidente del Gobierno, que le obligó al abandono definitivo de ese proyecto de vida de adolescente y para recuperar la literatura como terapia: 'Federico Sánchez se despide de ustedes', escrito en frances, narró todas estas experiencias en el Gobierno de González.

Más de 40 años de producción literaria le dieron tiempo para ser también guionista cinematrográfico en 15 películas, entre ellas clásicos del cine francés como 'Z', de Costa-Gavras y' Stavisky', de Alain Resnais; escribir artículos periodísticos, conferencias y hasta participar del europeísmo francés de la mano de Villepin, en 'El hombre europeo'.

La noche del 7 de junio, en París, rodeado de sus hijos, fruto de dos matrimonios felices, (Jaime, Dominique, Ricrado, Pilar, Juan y Pablo) y de sus sobrinos, Jorge Semprún se rendía ante su guerra más importante, cansado quizá de tener que vivir luchando. (Do jornal espanhol “El Mundo”)

Jorge Semprún “delatou” Marguerite Duras

A biografia “Lealdade e Traição — Jorge Semprún” (sem tradução no Brasil), da alemã Franziska Augstein, é a sensação na Espanha. Porque envolve um de seus maiores escritores vivos, o ícone Jorge Semprún, de 87 anos. Nuria Azancot, do jornal “El Mundo”, diz que a obra desnuda o autor de “Autobiografia de Federico Sánchez” e “O Morto Certo”. Apesar da admiração pela literatura e pelo homem, Augstein não deixa de relatar os fatos, alguns desagradáveis para o escritor.

Entrevistado por “El Mundo”, Semprún não ataca a biografia, mas mostra-se desconfortável com o resultado da pesquisa. Diz que não é fácil ler um livro sobre si, para o qual colaborou como principal fonte, mas no qual não se sente inteiramente reconhecido. Como vem contando sua vida, em memórias e romances (que são memórias, quase sempre ou sempre), o autor afirma que os relatos de Augstein não combinam com o que vem escrevendo. Conta que foi entrevistado durante três anos, mas, como o resultado saiu “aborrecido” e “pretensioso”, a jornalista alemã decidiu usar o material como base para uma biografia. Isto foi positivo, pois o que seria apenas a versão de Semprún deu origem, depois de uma longa pesquisa, na qual pôde confrontar versões, em um livro nuançado, polêmico e, naturalmente, mais verdadeiro.

Um dos pontos controversos apurados por Augstein não agradou Semprún. Em 1951, integrante do Partido Comunista Francês (Semprún é espanhol, mas às vezes é citado como escritor francês), o escritor teria denunciado, por “desviacionismo” (desvio político, certamente à direita), a escritora francesa Marguerite Duras e seu marido, Robert Antelme, e Dionys Mascolo (“amante de Duras e pai de seu filho”). Duras, Antelme e Mascolo sustentaram que foram “delatados” por Semprún. Laure Adler pesquisou o assunto, que permanecia adormecido havia décadas, e confirmou a denúncia. Ao “El Mundo”, Semprún foi peremptório: “Não [denunciou]. Estou cansado de repetir. Documentos do próprio Partido Comunista demonstram minha inocência. Não há um só informe oficial que me implique. Nem sequer o movimento que pretende reabilitá-los como bons comunistas se atreve a mencionar-me”. Semprún diz que, se o livro o “acusa”, está “equivocado”. Outros intelectuais, como Edgar Morin, que pertenciam à mesma célula comunista, a 722 de Paris, “creem que, sim, [Semprún] foi o responsável” pela “denúncia”.

A biógrafa ficou surpresa menos com a história de Semprún-Duras do que com o fato de que o escritor lamenta mais sua “expulsão do Partido Comunista Espanhol, nos anos 60, do que com seu cativeiro no campo de concentração de Buchenwald”, onde, como “empregado” numa espécie de setor de relações humanas, pôde salvar a vida de aliados comunistas, mas à custa da vida de outros inocentes. “Um dia, quando a SS exigiu 3 mil trabalhadores para as piores tarefas, Semprú tirou os nomes dos camaradas e os substituiu por outros prisioneiros, desconhecidos.”

A história de proteção aos comunistas, sacrificando outras pessoas, seria o motivo de Semprún ter evitado discutir, durante anos, seu encarceramento em Buchenwald? Sua explicação: “As lembranças de Buchenwald foram, durante muito tempo, muito dolorosas, mas também havia experiências positivas, como a solidariedade e a fraternidade. Ademais, eu sabia porque estava ali, por ter sido membro da Resistência, e fazia coisas úteis, havia uma compensação moral diariamente. Em troca, quando fui expulso do PCE, veio abaixo um projeto de vida que havia começado na minha adolescência. A expulsão produziu um sofrimento moral insuportável, para o qual não havia compensação possível. Depois de tantos anos, tive que reconstruir minha vida inteira, a partir de outras ilusões. E esse desengano, esse deixar de ser, provocou em mim um efeito maior do que a tortura física da Gestapo”.

Ao sair de Buchenwald, Semprún contou sua história a um amigo, mas depois calou-se. Durante quase 20 anos, o escritor recusou-se a tocar no assunto. Em seguida, admitiu que a experiência no campo de concentração foi “a mais interessante de” sua vida. Ele acredita que sobreviveu porque um funcionário anônimo, no lugar de inscrevê-lo como estudante, o citou como “estoquista. Aos estudantes e aos intelectuais” os nazistas “davam os piores trabalhos, mortais, enquanto que um estoquista, um operário especializado, sempre era necessário”. Em 1992, visitou o campo e desatou a falar sobre sua história.

O fracasso do comunismo (cuja símbolo foi a queda do Muro de Berlim, em 1989) provocou comoção em vários esquerdistas, alguns deles sinceros, como José Sobrinho, um dos mais dedicados líderes do Partido Comunista Brasileiro em Goiás. “El Mundo” pergunta: “Continua pensando que é possível transformar o mundo de forma revolucionária?” Semprún posiciona-se: “Acredito que não. É imprescindível reformar o mundo, mas a revolução é impossível”. O escritor afirma que, além de não haver mais líderes emblemáticos, como Lênin e Stálin, capazes de liderar uma revolução, “a experiência do século passado, com os horrores do stalinismo, pesa demasiado. Só subsiste a ilusão de que a classe operária pode transformar o mundo, sem capitular ante o capitalismo, mas por meio de reformas contínuas, não de revoluções”.

Em 1992, depois da extinção da União Soviética (a debacle se deu em 1991), Semprún escreveu: “A política da esquerda provocou desastres sucessivos. O preço de seus erros foi pago pelos mais fracos”. No livro, não ataca a esquerda com a mesma veemência. O escritor sustenta que as greves operárias só triunfam contra governos socialistas.

Semprún diz que “a necessidade de transformar a sociedade segue viva. O fracasso do leninismo não faz do sistema capitalista uma sociedade justa”. O escritor sugere que é preciso “manter viva a ilusão” de que é possível “reformar a sociedade”. O mercado, afirma, não é Deus e, se ficar inteiramente livre, será nefasto para a sociedade. A esquerda, ainda que não deva condenar o mercado, deve ficar atenta à necessidade de certa regulação.

Com o codinome de Federico Sánchez, Semprún viveu clandestino em Madri, sob o governo do generalíssimo Franco. “Dessa época, conservo reflexos condicionados totalmente absurdos dos quais rio intimamente. Quando vou a um restaurante com amigos, chego antes e observo o entorno para comprovar se não estou sendo seguido. Às vezes caminho pela rua e, de repente, dou um pequeno salto e me volto para comprovar que não estão me seguindo. Claro que morro de rir, mas são reflexos dos anos de vida clandestina.”

Na década de 1960, por defender o consenso e uma transição pacífica para a democracia, não para o socialismo ortodoxo, e ao postular que o Partido Comunista Espanhol deveria se afastar da obediência canina aos soviéticos, Semprún foi expulso. O escritor e Fernando Claudín (autor de livros instigantes sobre o movimento comunista internacional) defendiam que, com a morte de Franco, a Espanha teria de passar por uma transição pacífica. Pouco depois, Santiago Carrilho assumiu suas teses.

Afastado do partido, ao qual havia “sacrificado” parte de sua vida, Semprún dedicou-se à literatura. As memórias foram “levemente disfarçadas” tanto nos romances quanto nos ensaios. “A literatura me facilitou a ruptura política e a ruptura política, a literária. (...) Quando me expulsaram do PCE, a política me conduziu à literatura. Sim, fui de uma a outra como um homem aberto, sem dor.”

Pode-se falar que seus livros são uma espécie de vingança contra velhos adversários comunistas? O componente “vingança” é um fato, mas o que Semprún conta sobre alguns personalidades históricas é comprovável em livros, digamos, mais isentos. O líder comunista espanhol Santiago Carrillo é apresentado como “paranoico” e um “pragmático da pior espécie”, obcecado pelo poder. Chegou a ser chamado de “Stálin espanhol”. Dolores Ibarruri, a célebre la Pasionaria, é citada como de uma “vulgaridade intelectual insuportável”. Ficou famosa por uma frase, “!No pasarás!”, dita durante a Guerra Civil Espanhola (1936-1939), do que por qualquer outra ideia brilhante e independente.

A biografia de Augstein nota a importância da arte na prosa de Semprún. Ao “El Mundo”, o escritor explica o motivo: “Nasci em Madri, a 255 metros do Museu do Prado [um dos mais importantes da Europa], ao qual visitava toda semana, levado pelo meu pai. Nos anos de clandestinidade, foi meu refúgio permanente. Podia falar de Patinir, de Vermeer, de Artemisia Gentileschi. O Prado foi um suporte essencial”.

Ministro da Cultura, entre 1988 e 1991, Semprún — que foi roteirista de Alain Resnais e Costa-Gravas — avalia que o cinema espanhol vive um “momento apaixonante” muito por conta de seu incentivo. Os novos diretores são “talentosos”. Surpreendentemente, afirma que a era de Pedro Almodóvar “acabou”, mas infelizmente não explica sua interpretação, nem arrola os novos diretores “talentosos”. O escritor afirma que há “prosadores esplêndidos”, mas prefere não citá-los, alegando que “todos sabem de quem falo” (Semprú ignora que, por estar na internet, o jornal “El Mundo” não é mais apenas um jornal espanhol).

Numa resenha para “El Mundo”, Juan Avilés assegura que a biografia de Semprún — um homem, digamos assim, de muitas vidas e, naturalmente, de muitas contradições — é “apaixonante” e que pode ser lida numa sentada, apesar de suas 454 páginas. Mas a vida de Semprún é tão complexa, e por certo há muito mais a revelar, que Avilés observa, possivelmente com razão, que Augstein não esgotou o tema. O crítico nota que, além de contar a vida do (ex)comunista que se tornou escritor, a autora faz uma radiografia da história espanhola do século 20. Talvez seja possível acrescentar que, como Semprún é espanhol e, de algo modo, francês, a jornalista alemã discute mais do que a história espanhola. Ela certamente descortina a história europeia.

O interessante é que, apesar da biografia escrita pela alemã Augstein desagradá-lo, pelo menos em algumas partes, as constrangedoras, Semprún não ataca a autora. Admite que há passagens inconvenientes e que ele apresentou outras versões, mas não as contesta de modo enfático, o que sugere que sua verdade precisa de acréscimos, e é isto que, aparentemente, Augstein faz — amplia aquilo que o biografado entende como verdade, tornando-a mais “verdade”, mais verdadeira, ao incorporar outros depoimentos, outras interpretações. No fundo, Semprún parece “satisfeito” de que passagens complicadas de sua vida foram expostas com sua colaboração, e ainda que não possa endossá-las, não as contradiz com demasiada ênfase. Sua verdade agora está mais completa. Se tornou mais verdade.

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